LIBRO PRIMERO

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LIBRO PRIMERO - Introducción general. La conquista de la Banda occidental del Uruguay.

CAPÍTULO I LA EUROPA Y LA AMÉRICA Á PRINCIPIOS DEL SIGLO XVI

I. — Descubrimiento de América

Aunque parece cierto que varios siglos antes habían llegado ya al continente americano algunos europeos, esa emigración había sido suspendida y olvidada, razón por la cual no se conocía en Europa la existencia de un continente occidental cuando á fines del siglo XV lo descubrió el genovés Cristóbal Colón, puesto al servicio de los reyes de Aragón y de Castilla.

En esa misma época los portugueses habían empe- zado á llamar la atención del Mundo por sus descubri- mientos á lo largo de la margen occidental del África, y por haber descubierto el camino marítimo de las Indias, doblando el cabo de Buena-esperanza.

Estos hechos contemporáneos de dos naciones veci- nas, fueron el origen del gran poderío que ambas tuvie- ron y de las grandes rivalidades que causaron durante más de tres siglos muchas de las más graves vicisitudes de su historia.

II. — Los americanos á principios del siglo XVI

La América no tenía nombre geográfico general cuando fué descubierta por Colón, ni tuvieron idea de sus dimensiones los primeros que la ocuparon. Su cono- cimiento se extendió poco á poco, á favor de las explo- raciones que hicieron navegantes y conquistadores en varios puntos de las costas orientales y occidentales. Desde que se reconoció que es un continente se le llamó el Nuevo mundo, nombre que se emplea todavía. Los españoles solían llamarle, sobre todo en lenguaje ofi- cial, las Indias; pero luego se generalizó también el nombre de América, y prevaleció por último. Esta denominación le vino de que Américo Vespucci ó Ves- pucio, que viajó por las nuevas tierras algunos años después del descubrimiento, publicó varias cartas geográficas de las regiones que había visitado, á las cuales denominaban, según se dice, américas, y de que esta denominación se extendió de las cartas á la cosa que ellas representaban.

Los descubridores hallaron el territorio americano poblado en toda su extensión por una raza de hombres distinta de las que habitaban la Europa y el África, y semejante á la que habitaba el Asia; es decir que no era blanca como la primera, ni negra como la segunda, y sí de un color intermedio que variaba entre el ama- rillo, el rojo, el bronceado y el aceitunado más ó menos oscuro. La raza americana ha sido dividida por razones cuyo valor científico no está comprobado, en ocho grandes sub-razas que ocupaban: la californiana, la roja y la mejicana, el Oeste, el centro y el Sud de Norte- américa; la caribe, la peruana, la brasileña, la pam- peana y la araucana, el Norte, el Oeste, el Este y el Sud de la América meridional. Cada sub-raza se dividía en variedades, á las cuales llamaron naciones los espa- ñoles que las conocieron y describieron. El número de lenguas que entre todas hablaron no es menor, según se afirma, que 400; ni son menos de 2,000 los dialectos que de estas lenguas nacieron. Tan gran número de maneras de hablar da idea de lo muy dividida que estaba la población americana, y de la duración que habían tenido tales divisiones, pues las lenguas y los dialectos no se forman sino mediante el transcurso de muchos años.

La civilización de los americanos era muy desigual. En las regiones que se extienden al Norte del istmo, en éste y al Sur, al Oeste de los Andes, estaba bastante adelantada. Estos pueblos poseían, en mayor ó menor grado, nociones de varias ciencias; cultivaban la escul- tura, la arquitectura y la literatura, en alguna de cuyas artes habían producido obras monumentales; habían progresado en la agricultura; ejercían varias industrias manufactureras, y son muy dignas de estudio sus insti- tuciones civiles, religiosas y políticas, así como la orga- nización social, sobre todo en los grandes imperios de Méjico y del Perú. Pero, fuera de allí, las poblaciones americanas eran mucho menos civilizadas ó entera- mente salvajes. Industrias y gobierno eran en ellas tan rudimentarios, tan imperfectos y escasos, que apenas bastaban para impedir que se negara su existencia.

III. — Los habitantes del Uruguay en tiempo de la conquista

En las regiones próximas al río de la Plata estaban situadas las sub-razas brasileña y pampeana. La primera habitaba el Brasil, Corrientes y el Paraguay principal- mente. La segunda ocupaba el espacio comprendido entre el Atlántico y los Andes, y la Patagonia y el Chaco. Los individuos de ambas tenían el cabello negro, lacio, grueso y duro, y poca ó ninguna barba. Pero diferían en que mientras los brasileños eran de color amarilloso tirando á rojizo muy pálido, rostro circular, ojos frecuentemente oblicuos, nariz corta y delgada, boca mediana poco saliente, labios finos, rasgos afemi- nados y fisonomía dulce, los pampeanos ó pampas tenían color de aceituna moreno ó marrón oscuro, rostro alargado, ojos horizontales, nariz muy corta y abierta, boca grande, labios gruesos, rasgos varoniles muy pronunciados, y expresión fisonómica fría, á menudo feroz.

Una de las naciones brasileñas, la guaranítica, que se distinguía por la claridad de su color, se había exten- dido por el Sud del Brasil, Corrientes y el Paraguay; y otra de las naciones pampeanas, la charrúa, de color casi negro, habitaba entre los ríos Uruguay y Paraná. Varias naciones ocupaban la zona comprendida entre la laguna Merim y el Uruguay, el río de la Plata y el río Negro. Si esas naciones pertenecían todas á la sub- raza pampeana ó á ésta y á la brasileña, es cosa que se ha discutido y que no está todavía bien averiguada. No se duda de que parte de la nación charrúa vivía sobre la margen izquierda del Plata, entre el Uruguay y el cabo de Santa-María, internándose hacia el Norte unas veinte ó treinta leguas. Y, aun cuando naturalistas de reputación han opinado hace medio siglo que á la misma nación pertenecieron los demás pobladores, parece que estudios hechos después tienden á demostrar que la nación guaraní se había corrido desde el Brasil á las tierras que lindan con la margen occidental de la laguna Merim, y aun á las márgenes del río Negro y á las islas del Uruguay situadas frente á la desem- bocadura de aquel afluente, en grupos que se distin- guían con los nombres de guenoas, martidanes, chanás, etc. (1)

Los guaraníes estaban atrasadísimos en conocimien- tos é industrias. Los más no contaban sobre cuatro unidades; pocos llegaban á diez. Ingerían semicruda la carne, porque la encontraban más sabrosa que cocida ó asada. Eran muy diestros en la pesca y en la caza y algo se dedicaban á la agricultura, cuya ocupación demuestra que sus paradas ó estaciones en un punto determinado solían ser duraderas. No se vestían: sólo se cubrían por delante desde la cintura hasta algo más arriba que las rodillas; pero se adornaban con plumas, con collares y con brazaletes. Vivían en chozas, nave- gaban en piraguas y se acostaban en hamacas, cuyas cosas todas ellos mismos construían, así como los vasos de barro cocido que usaban para beber ó empleaban para encerrar en ellos los esqueletos antes de deposi- tarlos bajo de tierra definitivamente. Más atrasada aún era la industria de los charrúas. No conocían la nave- gación ni la agricultura. Hombres y mujeres se cubrían parte del cuerpo con mantas de cuero. Sus viviendas se componían también de cueros, sostenidos por cuatro palos, y fácilmente se desarmaban y eran transporta- dos, así que la caza escaseaba y les inducía á trasla- darse á parajes en que más abundara. Tanto los gua- ranís como los charrúas hacían instrumentos y armas de madera ó de piedra, nunca de cuerpos metálicos. Esto se debe á que no sabían elaborar ni trabajar los metales. Pero pulían bien la madera y la piedra, sir- viéndose de piedras más duras. (2)

Los guaranís y los charrúas se reunían en pequeños grupos ó tribus. Aquéllos reconocían la autoridad de un jefe en cada tribu. Este jefe, que lo era civil y militar, y se llamaba tubicha, era de sangre noble y adquiría el mando por herencia. Los súbditos ó mboyas le presta- ban el homenaje de labrar la tierra, de sembrar, de recoger los frutos, de edificar las chozas y de servirle en las guerras que sostuviera con tribus de otras naciones. Los charrúas, más independientes ó indisci- plinados, no obedecían ó obedecían apenas en tiempo de paz á cacique alguno, sino que cada individuo obraba según su voluntad, una vez que desaparecía por la edad la subordinación natural de la familia. En tiempo de guerra elegían para jefe al más valiente y feroz y á él seguían mientras duraban las hostilidades.

El carácter de los guaranís era manso, afable, franco, hospitalario. Amaban su libertad y la defendían con bravura contra la fuerza; pero cedían fácilmente á la persuasión. Ese amor de su libertad era causa de que no acertaran á formar extensas unidades por la agrega- ción de tribus, ni en momentos en que corrían peligro; por manera que, si bien dotados de valentía, eran débi- les por el número. Los charrúas diferían también bajo este respecto. Eran falsos, alevosos; nunca respetaban sus compromisos; no sentían amistad respecto de nacio- nes extranjeras, sino fría y aparente; pero en los casos de peligro sabían unirse y mantener esa unidad mien- tras les fuera útil. Y no se unían solamente las tribus charrúas que habitaban al naciente del Uruguay: solían mancomunar sus fuerzas con las que vivían al occidente. Estas alianzas solían verificarse principalmente con los minuanes.

La guerra era la ocupación principal de todas estas naciones; mas aun en esto había diferencias. El gua- raní recibió su nombre de su temperamento guerrero, como que en su lengua quiere decir lo mismo que guerra. Hacíala sin elegir terreno, en donde se encon- trara con el enemigo, y se lanzaba contra él en com- pleto desorden. No usaba ninguna arma defensiva; las ofensivas eran la flecha, la honda, la bola y la macana (especie de clava). Era cruel con los prisioneros. Si éstos eran mujeres y niños, los esclavizaban; si eran hom- bres, los alimentaban con cuanto tenían hasta engor- darlos, y luego los mataban en actos solemnes, los des- pedazaban menudamente, y repartían los trozos entre todos los que hubieran tenido parte en la guerra, para que los comieran. Los charrúas, como que eran anda- riegos, dados á la rapiña, y en extremo belicosos, ha- llaban en cualquiera pequeñez motivo para emprender una guerra. Solía decidirse ésta en junta de jefes de familia, y llevarla contra las tribus guaraníes con prefe- rencia. Envestían al enemigo como lo hacían los gua- ranís, y procurando amedrentarlo á fuerza de gritos que aturdían. Carecían también de armas de defensa, y ofendían con flechas, lanzas, mazas y bolas arrojadizas. Todo su afán se reducía á matar muchos enemigos. El más honroso título de un charrúa era la constancia del número de sus víctimas; y se dice que para que fuese duradero y público, acostumbraba darse en el cuerpo tantos cortes como eran las personas que por su mano ultimaba.

IV. — Los europeos á principios del siglo XVI.

En tiempos antiquísimos la civilización del mundo estaba concentrada en el Asia, principalmente en la China y en la India; y, según el testimonio de la his- toria y los vestigios que aún existen de aquel tiempo, esa civilización fué tan adelantada, que no ha tenido igual posteriormente bajo ciertos respectos. De allí se extendió al África, alcanzando gran esplendor en el Egipto. Luego pasó á Europa, y primeramente á Grecia, en donde brillaron tanto las letras, las artes, la filosofía y la política que sus obras asombran todavía y sirven de modelo. Después civilizóse la Italia bajo la direc- ción de Roma, y los romanos llevaron sus adelantos con sus conquistas famosas, al resto conocido del mundo, manteniendo á la vez á gran altura las letras y las artes, que imitaron á los griegos, constituyendo la legislación, en que fueron maestros por nadie y nunca superados, y haciendo progresar la política, en la cual sobresalieron también.

El imperio romano abarcaba en el siglo IV toda la parte meridional de la Europa, desde el Atlántico hasta sus límites orientales; la parte occidental del Asia desde el hoy denominado Mar negro hasta el Golfo arábigo, y toda la parte septentrional del África bañada por el Mediterráneo. Al norte de este inmenso imperio exis- tían los pueblos germánicos incivilizados, destructores y nómadas, llamados bárbaros por los romanos, que se distinguían entre sí con los nombres de visigodos, (godos del Oeste) ostrogodos, (godos del Este) gépidos, (godos rezagados al Norte) alanos, suevos, vándalos, burgun- dos, francos, sajones, anglos, lombardos, etc. Estos pueblos hicieron correrías hacia el Sud en varias oca- siones siendo rechazados en todas; pero en el siglo IV pasaron por el Norte del Asia á la Europa las terribles hordas de los hunos, cayeron sangrientamente sobre ellos y determinaron las grandes invasiones que unos y otros verificaron al Sud durante ese siglo y los siguien- tes, en los cuales ocuparon, dominaron y destruyeron el imperio romano. Los francos habitaban ya parte de lo que es ahora Francia; los visigodos se ampararon de otra parte y descendieron hasta España, en cuyo terri- torio se situaron también los suevos, los alanos y los vándalos; los lombardos y los hérulos fueron á parar en Italia; los ostrogodos se situaron al Norte del Mar adriático; los gépidos más al Norte; los hunos amena- zaron, mandados por su rey Atila, con entrar en Roma; y los sajones y los anglos cruzaron el mar de la Man- cha. Los germanos devastaron toda la Europa, como los hunos; por rivalidades y por ambición se combatie- ron cruelmente entre sí, aniquilándose á menudo en una serie no interrumpida de guerras, y así debilitados die- ron lugar á que Carlomagno, rey de Francia, los atacase y venciese sucesivamente y llegase á reunir en un solo imperio casi todos los estados occidentales de la Europa romana y germánica, á fines de siglo VIII y principios del IX. Pero este imperio no sobrevivió á su autor.

Desde que Carlomagno falleció se formaron varios estados, cuyos reyes se debilitaron por efecto de las guerras á que la ambición los arrastró. Sus prohombres, dueños de extensas tierras desde que los bárbaros inva- dieron, eran señores dentro de los límites de sus domi- nios respectivos, y como tales ejercieron poder soberano sobre todos los que en ellos habitaban, de modo que dictaban leyes, imponían contribuciones, acuñaban moneda, administraban justicia, hacían la guerra, y obligaban al servicio de sangre; es decir que cada señorío fué un pequeño estado independiente y cada señor un monarca absoluto. Repartían sus tierras entre sus hombres ó sus vasallos, así como los montes y cuanto fuera explotable, mediante un contrato en que se esti- pulaban las obligaciones y los derechos, y descendían luego, en orden casi jerárquico, los villanos, los manos muertas, los siervos, el vulgo. Las tierras dadas por el señor constituían el feudo; quienes las recibían eran los feudatarios. Los señores dependían débilmente del rey; pero eran soberanos omnipotentes respecto de sus súb- ditos, de cuyas vidas y de cuyo honor disponían como querían, pues el siervo era poco menos que un esclavo. De aquí que, mientras los señores vivían en la opulen- cia y gozando de una libertad ilimitada, los plebeyos vivieran oprimidos y en la más espantosa miseria. Esta situación era para el pueblo tanto más desgraciada, cuanto los señores se servían de ellos para satisfacer sus pasiones en incesantes guerras con otros señores, ó para servir á su rey en guerras no menos sangrientas con monarquías extranjeras, cuyas guerras todas se resolvían en despojo de soberanos.

Se vé por todo lo dicho que la Europa estaba, cuando se descubrió la América, enteramente preocupada por empresas de dominación y de conquista; y que tan con- quistadores eran los civilizados como los bárbaros.

El modo de hacer la guerra difería mucho del que estamos acostumbrados á ver. Se empleaban entonces, como en tiempos más remotos, armas que tenían por objeto ofender al enemigo ó defenderse; pero eran variables el número y la forma. Las armas ofensivas más usadas al comenzar el siglo XVI eran: la espada y el puñal ó daga; la maza y el hacha; la lanza, la alabarda y la pica; el arco, la azagaya y la ballesta; la honda y el arma de fuego. La espada, el puñal y la daga, aunque de formas y dimensiones variables, son cosas demasiado comunes para que haya necesidad de describirlas. Sólo conviene notar que la espada solía ser más larga y de más peso que las que hoy se usan, y que el puñal y la daga solían llevarse pendientes de la cintura, ya adelante, ya atrás del cuerpo. La maza era un trozo de madera, de forma á menudo cónica alar- gada, guarnecida de hierro, que se manejaba tomán- dola por el extremo correspondiente al vértice y servía para dar golpes. La alabarda se parecía á la vez al hacha y á la lanza: tenía, como ésta, un asta larga que terminaba en una hoja de hierro afilada y puntiaguda; y, como aquélla; una media luna afilada en uno de los extremos de una especie de cuchilla que cruzaba en la parte interior de la hoja. La pica, hierro agudo asegu- rado en una asta, dió mucha importancia al arma de infantería. El arco, usado desde tiempos antiquísimos, vino á alternar con la azagaya, especie de dardo ó lanza corta que se arrojaba con la mano, y con la ballesta, que era un arco armado en una caja semejante á la de un fusil, que servía para arrojar con gran fuerza dar- dos y saetas gruesas. Se usó también desde muy antiguo la honda, para arrojar piedras con mucha mayor vio- lencia que con la mano, y puede decirse que fué un perfeccionamiento de este modo de ofender la aplicación á la guerra que se hizo de la pólvora desde el siglo XIV. La primera arma de fuego fué el cañón. No se tardó me- nos de un siglo en adoptar un arma de fuego portátil, que lo fué el cañón ó culebrina de mano, y más tarde el arcabuz. El servicio de estas armas era mucho más pesado, lento é inseguro que el de las parecidas que se emplean ahora. Era indispensable aplicarles una mecha para que hicieran fuego, y apoyarlas en una horquilla para apuntar. Y, como no bastaba un solo hombre para manejarlas, se empleaban dos: uno para sostener y apuntar y otro para aplicar la mecha. Aunque tenían sobre todas las armas usadas hasta entonces la ventaja de herir á mayor distancia y con mucha mayor fuerza, era tan molesto su empleo y tan imperfecto su resul- tado, que llegó un escritor célebre á predecir que no se tardaría mucho en renunciar al arma de fuego.

Sin embargo, no ha sido necesario vivir en nuestros días para conocer cuanto había de aventurado en ese vaticinio. Antes de generalizarse el uso de las culebrinas de mano y los arcabuces, se empleaban como armas de defensa el casco, la armadura de mallas y el broquel. El casco preservaba la cabeza; la armadura defendía el cuerpo y las extremidades; el broquel, especie de escudo, sujeto al brazo izquierdo, completaba la defensa parando golpes. Á la armadura de mallas aventajó y sustituyó la armadura de planchas metálicas, que cubría la cabeza, el cuello, el pecho, el vientre, los muslos, las piernas, los brazos, las manos y los pies; y, como por sí sola defendía suficientemente del arma blanca, los que la usaban abandonaron el escudo. Esta era la armadura de los nobles. Los plebeyos que iban á la guerra llevaban defensas mucho más ligeras, causa por la cual sucedía que, mientras en una batalla morían unos pocos caballeros, la mortandad de los súbditos era de muchos centenares; y que fuera común el hecho de que cada prohombre contase muchas víctimas al termi- narse la acción, sin que él hubiera recibido ofensa alguna en su cuerpo, aunque abundaran las de su yelmo y de su coraza. Pero desde que entraron en juego las nuevas armas se conoció que había que dar mayor resis- tencia á la armadura; se engrosaron las chapas, aumentó su peso, y hubo que suprimir poco á poco las piezas menos importantes, conservando las destinadas á defender la cabeza y el pecho; esto es, el casco y la coraza.

No es difícil concebir el influjo que ejercieron todas esas costumbres en el carácter de los hombres. Por ser la guerra un hecho en que se juega la suerte y la vida, mueve por sí sola á gravedad, á firmeza de resoluciones, y á escasear miramientos. El tener que matar ó morir anima á matar sin consideración; y la costumbre de sentir y de obrar así en el campo de batalla da al carác- ter una dureza que persiste en los intervalos de paz. Los guerreros cuidaban además de que esta condición de su carácter no se debilitara mientras descansaban, porque entendían que conservándola eran más temibles en la pelea que si la perdiesen. Agréguese que los moti- vos comunes de las guerras eran de los que más tienen el poder de enconar los ánimos, y que el uso del arma blanca aumenta mucho el ardor de los combatientes y estimula los sentimientos sanguinarios, y se concluirá de formar la convicción de que los europeos tenían que ser ásperos, duros de corazón y poco pródigos de con- sideraciones, por la fuerza de las circunstancias en que vivían.

Contribuía también á ello en gran manera el estado de la instrucción pública. Los bárbaros del Norte des- truyeron, no sólo la obra política de los romanos, sino también su brillante civilización. El latín, que se había generalizado en todos los dominios de Roma, como efecto de la unidad del imperio, se corrompió desde que los invasores se repartieron el territorio é influyeron en la lengua y en las costumbres de los pueblos con- quistados con las suyas propias. La literatura latina dejó de ser comprensible; los maestros latinos desapa- recieron; cesó toda enseñanza, y en la ignorancia más absoluta cayeron los pueblos para el siglo VI, no obs- tante que los bárbaros, como cristianos que eran, habían respetado la existencia de los conventos católicos. Nadie se avergonzaba de ser ignorante, ni comprendía la uti- lidad de no serlo. Al contrario, llegó á rayar en lujo el carecer de instrucción, por elemental que fuera. Esto explica porqué eran tan pocos los que leían y escribían, aunque fuera muy incorrectamente. El fanatismo reli- gioso y la superstición se desarrollaron á favor de la profunda ignorancia en lo alto y en lo bajo de las socie- dades; el Santo Oficio persiguió despiadadamente á los que pública y privadamente no demostraban por actos y palabras la más ciega sumisión á las doctrinas y á los hombres de la Iglesia, y los papas ejercían como repre- sentantes de Dios la primera potestad espiritual y tem- poral del Mundo, hasta el punto de disponer como que- rían del poder de reyes y emperadores.

Este deplorable estado de cosas no distaba mucho, sin embargo, en los comienzos del siglo XVI, de sufrir un profundo cambio. La invención de las armas de fuego había empezado á disminuir la diferencia de los medios de ataque y defensa de que disponían los seño- res y los siervos; y, al conocerse éstos relativamente más fuertes que antes, habían de empezar á influir en el orden público de modo que no fuese tanta como había sido la diferencia de poder entre la nobleza y la monar- quía. La imprenta, inventada á mediados del siglo XV, favorecería la reproducción y la circulación de los libros, y la instrucción del pueblo. Se abrían ya universidades; en ellas se volvía á estudiar la literatura clásica, y renacían las letras, las artes y las ciencias, y fomen- tábanlas los reyes atrayendo á su corte á los más nom- brados representantes y dispensándoles sus favores. Estos progresos, bien que no muy acentuados todavía, no tardarían en dar á la razón humana posesión de sí misma y en prepararla para emanciparse tanto de la autoridad de la Iglesia como de la autoridad del poder político. Luego, descubriendo los portugueses el camino marítimo á la India á lo largo de las costas de África, y los españoles la América, daban causa á que el comer- cio exterior, concentrado en las ciudades italianas del Mediterráneo hasta entonces, se repartiera más en Europa y ganara nuevas é inmensas plazas, que serían promotoras de la industria y fuentes de incalculables riquezas.

Tal era, en sus rasgos prominentes, el estado general de la Europa en los momentos en que se iniciaba la vida histórica del Río de la Plata.

V. — Los españoles al principio del siglo XVI

Como que España es una nación europea, le convenía, en el primer cuarto del siglo XVI, mucho de lo que se acaba de escribir en general de Europa. Hay, sin embargo, ciertas particularidades que será útil consig- nar, para que se vea que existían notables diferencias. La España había sido conquistada por Roma, y entrado á ser parte del imperio romano. Cuando los pueblos de la Germania invadieron el Sud de Europa, los suevos y los visigodos se fijaron en la península, hacia el año 500: los primeros sobre el Atlántico y los segundos en el resto del país. Dos siglos después los visigodos habían absorbido el reino de los suevos; pero en el siglo VIII vinieron del África los árabes y conquistaron toda la España, menos una pequeña parte montañosa del Noroeste, constituyendo el famoso Califato de Córdoba.

Los árabes se condujeron en la conquista de España mucho más benignamente que los bárbaros del Norte. Los españoles tuvieron la libertad de conservar sus leyes y sus jueces. Los cristianos pudieron también profesar su culto; y los judíos, que muchos lo eran, fueron tratados con consideraciones á que no estaban acostumbrados. De aquí resultó que vencidos y vence- dores vivieran en amistad, y aun mezclados, y que se llamase arabizados ó mozárabes á los españoles que así aceptaban la autoridad de los gobernantes musulmanes. Varios de estos soberanos son célebres por lo mucho que favorecieron las industrias, el comercio, las artes, las letras, la filosofía, la instrucción, la higiene, la medicina y el bienestar del pueblo. Los centros princi- pales de estos brillantes progresos, que contrastaban con la barbarie del resto de Europa, fueron Granada y Córdoba. Asombran aún á los viajeros los monumentos que se conservan de aquella época. El pueblo cristiano se mantuvo, empero, muy distante de imitar al maho- metano en sus grandes progresos artísticos, científicos é industriales. Puede decirse que fueron los judíos los únicos que, después de los musulmanes, se distinguieron por su ciencia, por su industria y por su riqueza. Des- pués de tantos esplendores, el Califato de Córdoba fué presa de una profunda anarquía, la cual dió lugar á que se declarasen independientes, en el primer tercio del siglo XI, los gobernadores que dependían del Califa, y á que surgiesen, por lo mismo, numerosos pequeños estados mal avenidos, que debilitaron inmensamente el poder moral y material de los árabes.

Mientras tanto, los cristianos del Norte se ocupaban de reconquistar el terreno que habían perdido. Un rey de Francia recuperó, á mitad del siglo octavo, una fracción situada más allá de los Pirineos. Carlo Magno les tomó, medio siglo después, mayor extensión al Sud, hasta el río Ebro. Los cristianos españoles que se habían conservado independientes en las montañas del Noroeste avanzaron á su vez. En 1030, cuando se fraccionó el califato, los españoles habían reivindicado todo el espacio limitado por el Atlántico, los Pirineos y la cadena de sierras que por el Norte da aguas al Tajo. Á principios del siglo XIII habían llegado hasta este río y más al Sud del Ebro. Á mediados del siglo XIV habían perdido los árabes sus monarquías de Zaragoza, Toledo, Badajoz, Sevilla y Córdoba, y sólo les quedaba el terri- torio de Granada, el cual fué reconquistado el mismo año en que se descubrió la América. (1492) Se dice que en esta guerra de cristianos y moros, que duró ocho siglos, se dieron más de tres mil batallas. ¡Prueba admirable de lo que podían entonces las antipatías de religión y de raza!

Pero influyó también mucho el espíritu guerrero de los tiempos. Como si no les bastara á los españoles, para satisfacer ese sentimiento, la empresa de recupe- rar el terreno que habían conquistado los sarracenos, sostuvieron entre sí guerras numerosas, cuyo objeto fué, como en el resto de Europa, arrebatarse el poder los reyes unos á otros, como medio de engrandecer su estado. Los dos primeros reinos que formaron los espa- ñoles independientes fueron los pequeños de León y Asturias. Galicia fué tomada por el último, el cual desapareció á su vez absorbido por el de León á prin- cipios del siglo X. Por el lado del Este se formó, para el siglo XI, el reino de Sancho con las provincias vascongadas y con Castilla, que había pertenecido al reino de León. No tardó el reino de Sancho en dividirse en cuatro, los cuales se reunieron ó se separaron varias veces alternativamente, ya extendiendo sus dominios, ya disminuyéndolos. Á principios del siglo XIII se dis- tinguían los estados de Portugal, León, Castilla, Navarra, y Aragón. Agregáronse más tarde los reinos de Valen- cia, Murcia, Sevilla y Córdoba; así como al de Aragón las islas mediterráneas Baleares, Sicilia y Cerdeña. Algunos años después de mediar el siglo XV se habían reducido todos estos estados á los cuatro de Portugal, Castilla, Aragón (con sus islas del Mediterráneo) y Navarra. Habiendo heredado Isabel la católica el reino de Castilla, y su marido Fernando el de Aragón, se unieron ambos reinos y, después que reconquistaron á Granada, Fernando, ya viudo, y hecho regente de su yerno Felipe I, se apoderó de Navarra. Así quedó sujeta toda España á una sola corona, con excepción de Portugal, que siguió formando reino independiente, por haber resistido con éxito las tentativas de conquista.

Mientras los reyes católicos daban unidad política á casi toda la España, y engrandecían sucesivamente su poder interior, obraban en el extranjero por mantener y ensanchar sus posesiones. Ganaron á los franceses el Rosellón, territorio situado sobre el extremo oriental de los Pirineos; les conquistaron el territorio de Nápo- les, al Sud de Italia, formando con la isla siciliana las Dos Sicilias; quitaron á Venecia varios puertos que poseía en las costas Napolitanas, llevaron la guerra al África, en donde obtuvieron triunfos, y se hicieron dueños de gran parte de la América.

Pero, si por medio de las armas dieron grandeza á España, la perjudicaron por medio de la política. En efecto: en los diez años que siguieron á la toma de Granada expulsaron de sus posesiones á los que profe- saban el judaísmo y el mahometismo; es decir, á todos los que principalmente representaban los progresos intelectuales y materiales de la Península. Y como, por otra parte, establecieron en Sevilla el Tribunal de la inquisición, presidido por el fraile Torquemada, que se hizo famoso por lo horrible de su conducta, pues persi- guió con la hoguera á cuantos daban la menor señal de no profesar la religión católica con fanatismo, sentaron las causas de una decadencia industrial, artística, lite- raria y científica que había de sobrevenir pronta é ine- vitablemente.

VI. — Comparación de los pueblos americanos y europeos

Por la lectura de los cuatro artículos que preceden se habrán notado las analogías y las diferencias que al principiar el siglo XVI había entre americanos y euro- peos. Se parecían en que todos ellos eran insubordi- nados dentro y conquistadores fuera de sus estados ó tribus, en que no respetaban la autoridad del soberano, ni la independencia de las naciones, sino mientras les convenía ó no podían dominarlas. Se parecían en la crueldad y el valor con que hacían la guerra, y en que eran comunes algunas de las armas ofensivas que usa- ban y también en que eran muy aguerridos; pues así como los indios estaban habituados á pelear continua- mente entre sí, los españoles habíanse ejercitado no menos continuamente peleando por unos señores ó reyes contra otros, en las guerras con los moros y en las campañas de Italia.

Pero diferían mucho, sobre todo con las poblaciones del Plata, bajo otros respectos. Los europeos eran muchísimo más inteligentes; sabían mucho más en toda clase de materias; estaban mucho más organiza- dos, disponían de medios de acción mucho más eficaces; y, particularmente en la guerra, eran mucho más pode- rosas algunas de sus armas ofensivas, usaban armas defensivas de que carecían completamente los guaranís y los pampeanos, y no peleaban muchedumbres desor- denadas, sino que iban á la guerra tropas especial- mente preparadas y organizadas para pelear según reglas de táctica y aun de estrategia, que ya entonces las tenían los europeos, aunque incomparablemente menos adelantadas que ahora.

CAPÍTULO II EXPLORACIÓN Y CONQUISTA DE LA BANDA OCCIDENTAL DEL URUGUAY

VII. — Descubrimiento del Río de la Plata. Exploraciones de Caboto

Descubierta la América, los descubridores dieron noticia en la Península de las poblaciones indígenas que hallaron y de las cosas que vieron, haciendo con- cebir esperanzas de adquirir grandes riquezas en las nuevas tierras. La ambición de monarcas y vasallos se despertó, estimulada tanto como por aquellas perspec- tivas, por el deseo de superar á los portugueses en grandeza y gloria, y á su impulso se organizaron suce- sivas expediciones destinadas á explorar y á conquistar en el Nuevo mundo.

Una de ellas es la que en 1515 partió del puerto de Lepe, bajo el mando de Juan Díaz de Solís, quien ya en 1508 y en 1512 había emprendido otros viajes en igual dirección. Anduvo este navegante hacia el Sud, llegó á principios de 1516 á la desembocadura de un gran río, al cual denominó Mar dulce por creerlo un brazo de mar, entró en él, llegó hasta la confluencia de los ríos Paraná y Uruguay, según se cree, si bien no hay certeza respecto de este lugar, y, queriendo tomar posesión de la tierra á nombre de su rey, según entonces se usaba, desembarcó, acompañado de algu- nas personas, y confiado en las demostraciones, al parecer cordiales, que los indígenas le hacían; pero Solís y los acompañantes fueron acometidos y muertos.

Lo que Solís creyó un mar dulce, era el río que llamamos de la Plata. En la margen izquierda tuvo lugar el desembarque y muerte del descubridor. Los indígenas eran los charrúas. Los compañeros de Solís que habían quedado en las naves regresaron á España, en donde dieron la triste noticia de lo ocurrido.

Pocos años después salió de la Península Sebastián Caboto al mando de tropas, con la intención de ir al Pacífico; pero al llegar al Río de la Plata penetró en él, subió hasta el Uruguay, y, mientras un subalterno suyo exploró las orillas de este río hasta el San Salva- dor, en donde quedó fundado un fuerte y guarnecido, él se dirigió al Paraná, fundó otro fuerte, (Sancti Spiri- tus) llegó hasta el río Bermejo y ordenó su exploración, no sin haber tenido que vencer en sangriento combate la oposición de los indígenas. Se dice que aquí recibió de éstos varias piezas de plata elaborada. Ya se sabe que no podían ser obra de aquellos indios; pero Caboto las atribuyó á su industria, se imaginó que había cerca ricas minas de aquel metal, y de tal modo infundió su creencia en España, que denominaron río de la Plata al descubierto por Solís y á su afluente, el Paraná.

VIII. — Trabajos de Mendoza

Sucedió á Caboto don Pedro de Mendoza, quien armó una flota á su costa, con permiso del rey, y llegó al río de la Plata en 1535 con más de 2,500 hombres, entre ellos muchos nobles, é inició los trabajos de la conquista fundando con algunas chozas, en la margen derecha de aquel río, la ciudad de Buenos Aires, dispuesto, según parece, á establecer en ella el asiento del gobierno civil y militar que había de ejercer con el título de adelan- tado. Pero no pudo lograr su fin.

Aquellas tierras estaban habitadas, como se ha dicho, por indios pampas. Si bien los españoles fueron recibi- dos pacíficamente por ellos, les correspondieron con la dureza propia de su carácter, irritaron su ánimo, y por esta causa fueron tan hostilizados, que no pudieron permanecer, á pesar de la fuerza relativamente grande que tenían á su disposición, abandonaron la colonia, y trasladáronse á Sancti Spiritus.

Mendoza, desengañado, volvió á España dejando encargado del gobierno á don Juan de Ayolas. Este siguió hacia el Norte y entró en el río que lleva el nombre de Paraguay, fundó la ciudad de la Asunción, y se internó con fuerzas en el territorio del Oeste. Allí tuvo que luchar con los indios; mató á muchos, pero fué muerto por ellos á su vez. Por causa de esta muerte quedaron los conquistadores sin adelantado; es decir, sin gobernante.

IX. — Elección y trabajos de Yrala

Los conquistadores de estas regiones recibieron del rey la facultad de elegir gobernante interino, cuando el poder quedaba acéfalo por un acontecimiento impre- visto. Los colonos de la Asunción usaron ese derecho nombrando al general Domingo Martínez de Yrala, después de muerto Ayolas, para que ejerciera las fun- ciones de éste mientras el Rey no proveía al adelan- tazgo. Yrala, que ya se había hecho conocer ventajo- samente como hombre de gobierno y como militar, organizó por primera vez en estas regiones la adminis- tración de los cabildos, fundó una iglesia y varios otros edificios públicos, señaló los límites de la Asunción, y se esmeró por establecer vínculos de amistad entre sus compatriotas y los naturales, influyendo porque se casaran aquéllos con las hijas de éstos. Además enseñó agricultura y varios oficios á los indios. Con tan meri- torias acciones influyó benéficamente en la suerte de todos los moradores y se hizo digno de grata me- moría.

X. — Administración de Alvar Núñez Cabeza de Vaca

Estaba el gobernador interino comprometido en los mencionados trabajos, cuando vino el segundo adelan- tado, don Alvar Núñez Cabeza de Vaca, con 700 hom- bres, en 1542. Alvar Núñez tomó el mando, hizo la jus- ticia de nombrar su segundo á Yrala, y luego se ocupó en someter las tribus indígenas, empleando tan pronto medidas enérgicas como actos de generosidad; de modo que llegó á ser respetado por los indios en consideración á su poder y á sus sentimientos elevados. Habíale preo- cupado, desde que solicitó el adelantazgo, el problema de abrir comunicaciones terrestres entre la Asunción y el Perú. Afirmada su autoridad en la colonia de la Asunción, se propuso poner en práctica sus proyectos, preparóse para ello y se puso él mismo en camino, dejando á Yrala encargado del gobierno interinamente. Todos los esfuerzos que se hicieron no bastaron para vencer las dificultades que opusieron la naturaleza del terreno y la estación lluviosa en que se inició la empresa; la tropa no tardó en mostrarse descontenta, y fué necesario que regresase sin satisfacer su anhelo.

Este fracaso hizo cundir el disgusto entre los oficiales que estaban á su servicio, porque lo atribuyeron á inconveniencia de las medidas tomadas para establecer la comunicación. Quejábanse además muchas personas de sus actos administrativos, juzgándolos menos acer- tados que los de Yrala. Los descontentos se amotina- ron, por último, aprovechando la ausencia de este capi- tán; depusieron y engrillaron á Alvar Núñez, y lo man- daron preso á España, de donde no volvió, aunque fué absuelto, después de mucho tiempo, por las autoridades que tenían á su cargo los asuntos de las Indias.

XI. — Segunda elección de Yrala

Los españoles de la Asunción pensaron desde luego en suplir la autoridad del adelantado y nombraron, para que ejerciera el gobierno por segunda vez, á Yrala. Se dice que éste aceptó el nombramiento contra su voluntad, aunque no faltan quienes lo suponen el instigador oculto de los hechos ocurridos, con el ánimo de suplantar al adelantado.

Sea de esto lo que fuere, el hecho es que asumió el mando supremo. La anarquía sobrevino, porque los partidarios del desgraciado Alvar Núñez reñían con los de Yrala; el desorden influyó con su mal ejemplo en las tribus indígenas; algunas se sublevaron y el goberna- dor tuvo que reprimir la sublevación, para lo cual empleó medios tan severos como blandos habían sido los que usara su antecesor. Esta conducta le atrajo la adhesión entusiasta de sus compatriotas, más inclina- dos á la severidad que á los miramientos generosos. Afianzado así su poder, pensó en llevar á cabo los proyectos de Alvar Núñez. Los españoles de la colonia se ofrecieron á acompañarle, persuadidos de que llega- rían á su fin con tan distinguido jefe, y de que aumen- tarían su fortuna con los metales y cosas preciosas que hallaran en el Perú. Se emprendió la expedición y llegó ésta á la frontera de su destino; pero Yrala, mal recibido por las autoridades, y peor secundado por los oficiales, que ya se habían cansado de sufrir y de obe- decerle, tuvo que regresar sin otras ventajas que la de algunas ovejas y gran número de indios que su gente tomara en el tránsito.

La ausencia de Yrala fué funesta para la colonia de la Asunción: se suscitaron rivalidades entre algunos ofi- ciales que quedaron, estalló la guerra civil, y la anar- quía llegó á dominar nuevamente por todas partes.

Cuando volvió la expedición, había desaparecido el sustituto de Yrala y otros habíanse apoderado de la dirección de los negocios públicos. El Gobernador cas- tigó con el suplicio á los principales culpables, tranqui- lizó al pueblo y se dedicó en seguida á formar aldeas, en las cuales repartió los indígenas poniéndolos al ser- vicio de las familias españolas, bajo el gobierno inme- diato de alcaldes y la inspección de oficiales españoles.

Este hombre, cuyos servicios lo colocan en el número de los buenos gobernantes que en aquellos lejanos tiempos tuvo el Río de la Plata, no obstante el reparto de los indios y la tolerancia del concubinato, falleció en 1557, á los 70 años de edad, con general sentimiento de españoles y americanos.

XII. — Las encomiendas de indios

Se ha dicho en el artículo anterior que Yrala repartió los indios vencidos entre las familias españolas. Este reparto no fué invención suya. Cuando Cristóbal Colón conquistó las tierras por él descubiertas se produjo este hecho: que los indios eran muchos, que era necesario enseñarles la religión y alguna industria, y reducirlos á la imposibilidad de sublevarse, para que los españoles gozaran de paz; y que tal instrucción y sometimiento serían muy difíciles, si se les dejase en libertad, aparte de que los mismos indígenas no podrían vivir, mezcla- dos con los españoles, porque careciendo de oficios, no ganarían lo indispensable para su subsistencia. Colón pensó que lo más conveniente para todos sería repartir la población entre las familias españolas, con cargo de que les enseñasen en cambio de utilizar su trabajo. Á esta repartición se le llamó encomienda; repartir así los indios era encomendarlos; y quienes los recibían eran encomenderos ó comendatarios.

Los conquistadores que siguieron á Colón tomaron por regla su ejemplo y encomendaron indios. Esto fué lo que hizo Yrala en el Paraguay.

Las encomiendas fueron de dos clases: de yanaconas y de mitayos. Los encomendados yanaconas servían á su señor en todo el año y lo acompañaban en caso de guerra. Le estaban enteramente sometidos. Esta clase de encomienda fué la primera que se usó, y los así encomendados eran generalmente indios aprisionados en la guerra, dominados por la fuerza de las armas. Los indios sometidos voluntariamente ó aliados, como más fáciles de gobernar, gozaban de más libertad. Elegían un terreno, formaban un pueblo, recibían las autoridades españolas que habían de regirlos, se divi- dían en encomiendas, cada una de las cuales tenía su cacique, disponían de sí mismos con relativa libertad, pero con el fin de que se acostumbraran á arrendar voluntariamente sus servicios, se les obligaba al prin- cipio á arrendarlos por un corto tiempo cada año, mediante un precio. Este servicio forzoso se llamaba mita, de donde les vino á los obligados el nombre de indios de mita y el de mitayos.

Pero sucedió que los encomenderos no enseñaban á los indios más que lo que éstos necesitaban saber para enriquecerlos, que los mitayos fueron igualándose á los yanaconas, y que se servían los encomenderos de unos y otros como si fueran sus esclavos, obligándolos á un trabajo excesivo, sin permitirles la libertad ni el des- canso debidos, tratándolos con dureza no permitida por las leyes, y hasta vendiéndolos, prestándolos ó dándo- los en prenda. Los indígenas eran considerados más como cosas que como personas; dependían poco menos que en absoluto de sus comendatarios. Los reyes de España prohibieron las encomiendas en cuanto tuvieron noticia de lo que sucedía, y mandaron dar libertad á todos los indios encomendados; pero el abuso se había hecho costumbre y las providencias reales fueron desoídas. Convencidos los reyes, por la experiencia de muchos años, de que no conseguirían curar el mal, lo toleraron procurando disminuirlo, y mandaron en dife- rentes fechas: que los indios dependieran del Rey en lo futuro; que no se les diera en encomienda como esclavos, ni á título de servicio personal, y sí obligando á los comendatarios á doctrinarlos, á defender sus per- sonas y bienes y á tratarlos bien. Se señalaría modera- damente el tributo que los indios debieran al Rey, y lo pagarían á los encomenderos, sin estar obligados á más. Los encomenderos quedarían obligados, por la delegación que gozaran, á acudir al servicio del Rey y defensa del reino, toda vez que fuera menester, no como vasallos ordinarios, y sí como feudatarios, pres- tando juramento de fidelidad. Los indios cambiaban así su condición de esclavos por la de tributarios; y porque no se abusase ni aún de este concepto, prohibieron los reyes que asignaran tales tributos otros gobernadores que los que hubiesen recibido facultad especial, y que dieran encomiendas á personas que no fueran merece- doras y de bien.

Los indios del Río de la Plata, de Tucumán y del Paraguay fueron objeto de disposiciones especiales en favor de su libertad y de su bienestar. No debían tri- buto sino desde los 18 años de edad y podían pagarlo en dinero ó en frutos. No podían ser encomendados para servicio personal, ni empleados en sacar yerba-mate, ni sacados fuera de su pueblo, sino á distancias limitadas y con fines determinados por la ley. Las indias no podían ser obligadas á amamantar hijos de españoles mientras estuviese vivo el suyo. Podían ser arrendados los servicios de los indios, pero pagándoles el jornal mínimo tasado por la ley, y estaba prohibido mantener- los con solo la fruta del algarrobo.

Con tales providencias no desaparecieron del todo los abusos; pero sin duda disminuyeron mucho. Los indí- genas tuvieron á los reyes constantemente en su favor; si hubieran sido tratados como las leyes mandaban, habrían sido tan bien enseñados, gobernados y respeta- dos como lo permitieran las instituciones y las costum- bres de aquellos tiempos; pero no cabía en lo humana- mente posible que todos, ni los más de los que venían á la América fueran recomendables por su prudencia y por sus virtudes, y de ahí que la benévola intención de los gobiernos de España no fuera realizada en América tan fielmente como debiera serlo.

XIII. — Más desórdenes. — Gobierno de Vergara.

Dejó Yrala ocupando su puesto á uno de sus yernos, que falleció al poco tiempo, habiéndose dado á conocer como buen administrador. Los españoles eligieron entonces (1558) para gobernador á otro yerno, que lo era D. Francisco Ortiz de Vergara. Gobernó éste en paz durante un año, mas tuvo que sofocar en los dos siguientes la sublevación de los indios del Paraguay y de la provincia de Guayrá, (situada al Nordeste, á ambos lados del Paraná) los cuales estaban descontentos del trato que recibían de los encomenderos. Se restableció el sosiego en las encomiendas, debido á la gran supe- rioridad de los españoles en organización y en armas; pero no tardó en interrumpirse en la Asunción, en donde las pasiones tenían constantemente desasosegados á los que veían en el poder una fuente de satisfacciones. Ver- gara se resolvió á marchar á la capital del Perú, con el designio de que el Virrey lo confirmase en la gober- nación, cuyo puesto temió perder por sucesos desagra- dables, aunque de carácter privado, que ocurrieron entre personas de su familia. Suponen unos que esta determi- nación fué espontánea, y otros que fué sugerida con el propósito de que dejara el poder. Sea lo que fuere, es lo cierto que sus adversarios consiguieron que se le despojase de la autoridad que había ejercido, así que el Virrey intervino en el asunto.

XIV. — Gobierno de Cáceres y de Ortiz de Zárate

Dicho virrey nombró para reemplazar á Vergara, y en calidad de adelantado, á su oficial D. Juan Ortiz de Zárate, á condición de que había de solicitar de la Corona de España la confirmación del nombramiento. Así lo hizo y obtuvo la ratificación, comprometiéndose á importar en sus dominios cantidad de ganado vacuno, lanar, caballar y cabrío de los que poseía en su pro- piedad del Perú, á extender las conquistas, á fundar poblaciones y encomiendas de indios, en cambio del adelantazgo para sí y uno de sus sucesores, y otras prerrogativas. Zárate fué muy desgraciado en su viaje de España á la Asunción, pues combatido primero en el mar por las tempestades y después en las márgenes del Plata y del Uruguay por los indígenas, perdió con- siderable parte de los hombres y cosas que traía y salvó él mismo con lo poco que le quedaba, debido á la pro- tección que le prestó D. Juan de Garay, que descendió apresuradamente á lo largo del Paraná con tal objeto, al saber la crítica situación en que tenían al tercer adelantado las dificultades de la naturaleza y la bravura de los charrúas.

Salvo de peligros, fundó más al Norte, sobre la mar- gen izquierda del Uruguay, algo distante del lugar que hoy ocupa, no sin haber librado sangrienta batalla á las tribus charrúas de Tabobá, Abayubá y Zapicán, el pueblo de San Salvador, abandonado luego, y se dirigió á la Asunción, dejando en el nuevo pueblo una pequeña fuerza.

Pero, á los disgustos que llevaba de su viaje se agre- garon otros en el Paraguay, originados principalmente por la noticia de que durante su ausencia habían ocu- rrido graves trastornos entre los españoles, por los cua- les el gobernador interino Felipe de Cáceres había sido depuesto y engrillado y apoderádose del poder un tal Suárez Toledo, así como por la mala acogida que le hizo el pueblo á quien iba á gobernar, y falleció de pesar poco después, (1575) según parece, aunque se dice también que fué envenenado por los parciales del usur- pador que le precedió en el gobierno.

XV. — Gobierno interino de Garay

Antes de morir dispuso Ortiz de Zárate, usando el derecho que el gobierno de la Península le había acor- dado, que le sucediera en el adelantazgo el que contra- jera matrimonio con una hija que tenía en Chuquisaca. En virtud de esta disposición vino á ser el cuarto ade- lantado don Juan Torres de Vera y Aragón; pero como no pudiera tomar posesión del cargo por el momento, encomendó el gobierno á Garay. Este afirmó por las armas la autoridad española en el Paraguay, fundó poblaciones, y se dirigió después hacia el Sud con el pensamiento de establecer una colonia en paraje que sirviera de escala á las embarcaciones que hacían la carrera entre España y la Asunción, á la vez que fuera centro de las comunicaciones que en el porvenir se efec- tuasen por los principales ríos que concurren á formar el Plata. El paraje elegido fué próximo al riachuelo, en donde fundó la actual ciudad de Buenos Aires, (1580) algo distante del punto en que la había fundado Men- doza. Los querandis opusieron una terrible resistencia ahora, como 45 años antes; pero la lucha de dos civi- lizaciones tan desiguales había de dar por resultado que los salvajes fuesen definitivamente vencidos, y lo fueron en una gran batalla, á pesar del muy escaso número de tropas de que disponía el conquistador. Esta hazaña es una de las más notables que se realizaron en el curso de la conquista del Río de la Plata, llevada á cabo á fuerza de valor y de audacia, y la fundación de Buenos Aires uno de los hechos más fecundos.

El triunfo alcanzado aseguraba la permanencia de la nueva colonia, aunque no su tranquilidad, pues que los indígenas, raza belicosa, no cesarían de molestar á los colonos. Pudo Garay pretender escarmentarlos por la fuerza ya que tanto á la fuerza debía; empero, pre- firió someterlos por la persuasión, mandando cerca de ellos misioneros cristianos que los convirtieran á la vez á la creencia de la Iglesia y á la autoridad de la Corona. La experiencia había demostrado que los españoles habían extendido y asegurado mucho más su imperio por los medios suaves que por la violencia de las armas. Cerca de cuatro años empleó Garay en organizar y en acrecentar la población de Buenos Aires, y en asegu- rar la paz, después de los cuales fué sorprendido y muerto por los minuanes, á orillas del Paraná, en viaje para Santa Fe. Hombre de grandes cualidades, es mere- cedor de que su nombre sea pronunciado con reconoci- miento.

XVI. — Trabajos de Torres Navarrete y de Torres de Vera y Aragón

Á Garay sucedió, en ausencia del adelantado, el primo de éste Juan de Torres Navarrete, durante cuya administración se fundaron otras poblaciones y se repartieron los indios, como era costumbre, entre encomenderos, en los territorios cercanos al Paraná.

El adelantado Torres de Vera y Aragón llegó al Para- guay en 1587, trayendo los ganados que Zárate se había obligado á importar. Halló anarquizada y desmo- ralizada la colonia; se esforzó por restablecer el orden, por extender las conquistas, y por llevar á las tribus indígenas la fe del cristianismo; pero, cansado de tan- tas dificultades como eran las que se le presentaban y empobrecido, renunció sus derechos y se retiró á España (1591).

XVII. — Gobierno de Hernando Arias de Saavedra

Fué nombrado, después de Torres de Vera y Aragón, Don Hernando Arias de Saavedra (llamado comunmente Hernandarias) para gobernador del Paraguay. Es de notarse que Arias fué paraguayo, pues nació en la Asunción. Nunca se había visto á un criollo elevado á esta dignidad, y era cosa que los españoles evitaban, tanto por no dar á los hijos del país demasiado poder, temerosos de que se formara y generalizara el senti- miento del americanismo, cuanto por no excitar los celos de los prohombres, que se creían en el derecho de gobernar á título de conquistadores, que valía tanto como el de señores del país conquistado. Es indudable que si se hizo una excepción en favor de Hernandarias, fué por lo emparentado que éste estaba con los prime- ros conquistadores del Río de la Plata, por el alto con- cepto en que por tal razón se le tenía, y porque sus ideas y sentimientos eran demasiado favorables á España para que nada tuvieran que temer los españoles.

Durante su administración, varias veces interrum- pida, y relativamente duradera, se continuó en memo- rables acciones de guerra la conquista sobre los indios; hubo manifestaciones en el sentido de dar ensanche al comercio excesivamente restringido por las leyes; se fundaron las Misiones paraguayas, con ánimo de civi- lizar pacíficamente á los salvajes, y se sostuvo ante el Consejo de Indias el pensamiento de dividir en dos gobernaciones la administración de lo que constituía hasta entonces el Paraguay. Hernandarias es conside- rado el último de los conquistadores del Río de la Plata, y el primero de sus gobernantes naturales. Su gobierno fué laborioso y bien intencionado, y dió el ejemplo de no haber servido para enriquecer al que tuvo en su mano la suma del poder de la gobernación.

XVIII. — La conquista en el interior de la Banda occidental

Como se ha visto, los conquistadores que siguieron la ruta de Solís no se ocuparon de dominar más que el territorio del Paraguay propiamente dicho, el de Guayrá, que se extendía á los dos lados del alto Paraná, ambas márgenes del bajo Paraná y la izquierda del río de la Plata. No debe pensarse, por ésto, que gozaban de independencia los pueblos diseminados en el interior, hasta la cordillera de los Andes. Los españoles que habían conquistado las tierras que ahora pertenecen al Perú y á Chile enviaron en la segunda mitad del siglo XVI varias expediciones más acá de los Andes, y ésas, desgraciadas unas, felices otras, vinieron sojuzgando por las armas y por la acción persuasiva de religiosos misioneros, las numerosas tribus que hallaron, fun- dando poblaciones y dando encomiendas. Así nacieron varias de las ciudades que son ahora capitales de pro- vincia; y los indios sometidos fueron tantos, que, según se cuenta, uno solo de aquellos conquistadores repartió entre 56 encomenderos cerca de cincuenta mil indios.

XIX. — Apreciaciones generales

Con la acción simultánea, aunque independiente, de los conquistadores mediterráneos y ribereños quedó asegurada la dominación de las extensas tierras que median entre el Uruguay y los Andes y entre Buenos Aires y los límites septentrionales del Paraguay. Las zonas que aún quedaban libres del poder extranjero, si bien considerables, no serían ya un peligro para el gobierno y la prosperidad de los nuevos establecimien- tos, y recibirían, en el curso de los tiempos futuros, el paulatino influjo de las civilizaciones que se suce- dieran.

En los hechos que hasta aquí se han narrado hay cuatro cosas que principalmente llaman la atención: la conquista, el orden civil del pueblo conquistador, el orden civil del pueblo conquistado, y el influjo que tales sucesos habían de ejercer en las comarcas platenses.

Se nota desde luego que los combates hanse librado entre un corto número de españoles y un número rela- tivamente grande de indígenas, y que éstos solían sacar la peor parte. El triunfo constante de los menos se explica sin esfuerzo por la superioridad de los medios de ataque y de defensa. Pero á pesar de esta diferencia, asombro causa el valor moral y físico que necesitaron los europeos para lanzarse en barcos muy defectuosos, á través de océanos imponentes, á dominar y residir en dilatadas tierras desconocidas y llenas de peligros, en las cuales se verían privados del bienestar y de los auxilios á que estaban habituados en su patria. Eran empresas que revelaban un pueblo heroico, verdadera- mente legendario. Dura tenía que ser para los vencidos la conquista de tierras y pueblos; pero ya se ha visto que estaba en las prácticas seculares de todo el mundo: americanos y europeos, africanos y asiáticos, tenían la costumbre de imponerla y de soportarla alternativa- mente, según fuese la suerte de las armas. Los salvajes no podían extrañarla, pues que se les aplicaba la ley de la fuerza, que era su propia ley.

Fué grande la anarquía en que vivieron los conquis- tadores. No se la podría explicar atribuyéndola sólo á la satisfacción de mandar, pues poco halagüeño había en los primeros tiempos del gobierno del Paraguay. Su explicación debe buscarse en el modo de ser general de los pueblos europeos, acostumbrados á rivalidades y á arbitrariedades hereditarias, en los cuales se desarro- llaban las pasiones espontáneamente, determinando reyertas, duelos, desórdenes y guerras que hoy se ten- drían por neuróticos. La anarquía era un mal de los tiempos. La Asunción del Paraguay era, bajo este aspecto, una representación del mundo.

Los indios acostumbraban comerse á los vencidos en la guerra, ó matarlos simplemente, ó someterlos á una esclavitud tan bárbara como ellos lo eran. Los españo- les, pueblo civilizado, les dieron el raro ejemplo de no comerse ni matar á los que en la guerra tomaban, salvo los casos de rebelión en los cuales eran muertos con frecuencia los promotores ó jefes principales, no á título de enemigos, sino por reprimir los graves delitos de que eran causantes. Sometían á los vencidos al sistema de las encomiendas, por juzgar que era una necesidad de la conquista. Ellos eran pocos, y los conquistados muchos y habituados á vivir sin trabajar, sin gobierno y sin género alguno de disciplina. ¿Cómo mantenerlos libres y á la vez ordenados bajo la autoridad del con- quistador? Era absolutamente imposible. Era necesario habituarlos á la civilización europea, y esta habituación requería que se les enseñase á trabajar y á observar las leyes que regían las relaciones privadas y públicas; es decir á la subordinación de la moral y del derecho. No les ocurrió nada más adecuado que repartir á los natu- rales entre los europeos, para que en el trato de ellos aprendiesen lo que habían menester para vivir después con libertad. Consideraban, pues, á los indios como incapaces de obrar regularmente en una sociedad culta, y los encomenderos venían á ser una especie de curado- ros. Los soberanos, algunos eclesiásticos (no todos) y gentes de otras clases procuraron que ese régimen fuera en los hechos suave, benigno, humanitario como su fin. Los actos de severidad y aun de crueldad estuvieron, empero, harto generalizados en toda la América. Nacían, en parte, de que los europeos, fuesen ó no españoles, habían endurecido su carácter por el natural influjo de las furiosas guerras á que sin tregua se dedi- caban hacía siglos; y en parte se debían también á que los indígenas eran, por razón de sus hábitos, difíciles de reducir al trabajo y á la disciplina.

Dos siglos y medio largos han transcurrido desde la época á que ha llegado esta narración, y las naciones más civilizadas conquistan aún, y no ha desaparecido de sus dominios la esclavitud, y menos la servidumbre. No es de extrañar, por lo mismo, la conducta que en aquellos tiempos remotos observaron los conquistadores de la América. Mas, si las circunstancias de lugar y tiempo sirven para explicar y excusar los actos huma- nos, no sirven para legitimar los que por virtud de su propia naturaleza no se recomiendan. La conquista ha sido parte, siempre, de las costumbres internacionales; pero, las más de las veces ha sido también un abuso de la fuerza, una violación del derecho llevada á cabo por satisfacer ambiciones ó rencores. El hombre ha nacido, desde que existe su especie, para ser libre; y el estado no ha debido formarse con otro fin que el de garantir esa libertad por los medios estrictamente indispensables. Verdad que entre estos medios se cuenta el de privar de la libertad; pero no se le emplea sino contra aquellos, individuos ó estados, que abusan de ella en perjuicio del derecho de terceros; y, aun entonces, la privación ha de ser tan limitada, que baste para asegurar el derecho amenazado y no anule la personalidad moral y jurídica de la entidad sujeta á coacción. Los americanos no habían sido un peligro para los europeos, puesto que no se trataban, ni aun se conocían. No fué justo, pues, que se destruyesen sus instituciones y se les redujese á la servidumbre por la fuerza. Cierto que esta verdad no ha podido ser respetada, mientras no fué generalmente conocida, y el estado de las ideas que prevalecían en el siglo XV basta para excusar á los españoles. Pero hoy, que sabemos cuán erróneamente se pensaba entonces, no podemos juzgar los hechos de nuestros antepasados como los juzgaron ellos.

El derecho de propaganda es y ha sido siempre un derecho de los individuos y de los pueblos; y no sólo un derecho, sino también un deber. Los españoles ejer- cieron ese derecho, cumplieron ese deber en América, aunque equivocando los medios: propagaron sus ideas, sus creencias, sus instituciones, sus costumbres y sus industrias en la medida posible; exploraron la América y la dieron á conocer al resto del Mundo. Las transfor- maciones que en la civilización americana verificaron, ya para fines del siglo XVI, fueron grandes efectiva- mente; pero mucho más lo eran por su virtualidad, puesto que de su natural desenvolvimiento llegarían á reportar incalculables ventajas los americanos y la humanidad entera en los futuros siglos.

NOTAS DEL LIBRO PRIMERO

(1) Don José H. Figueira descubrió, hace algunos años, en la parte oriental de este territorio numerosos túmulos que contenían restos humanos del tipo brasileño. Hace poco el mismo señor, en excavaciones que hizo en las islas del río Negro como individuo de la Comisión de historia americana prehistórica, halló restos que le inducen á creer que pertenecen al mismo tipo.

(2) Se ve en esto que guaranís y charrúas estaban, por su civilización, en la edad de piedra, período neolítico.

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